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Cinco actividades sencillas para disminuir el masking

  • Foto del escritor: Jesus Gomez Frye
    Jesus Gomez Frye
  • hace 10 minutos
  • 5 min de lectura

Volver poco a poco a la persona que existe cuando nadie está mirando


Hay mujeres autistas que han pasado gran parte de su vida aprendiendo a desaparecer, no literalmente. Aprendieron a hacer desaparecer aquello que podía resultar extraño para los demás: el movimiento de las manos, la necesidad de silencio, la incomodidad ante ciertas miradas, la dificultad para sostener una conversación, la intensidad de sus intereses, el cansancio después de socializar, la necesidad de estar solas.

Aprendieron a sonreír cuando estaban incómodas, a mirar a los ojos, aunque doliera, a decir “estoy bien” cuando no lo estaban. A observar cómo hablaban las demás mujeres y construir, a partir de esa observación, una versión de sí mismas que pudiera pasar desapercibida y a veces el masking comienza como una estrategia para sobrevivir socialmente, con los años puede convertirse en una segunda piel, tan acostumbrada al cuerpo que ya no saben dónde termina la adaptación y dónde comienza su ser.


¿Qué queda cuando dejamos de actuar?


Hablar de disminuir el masking no significa decirle a una mujer autista que debe comportarse de determinada manera para ser “auténtica”.

Tampoco significa abandonar todas las estrategias sociales ni dejar de adaptarse, la vida requiere adaptación. Hay lugares en los que necesitamos protegernos. Hay personas con las que no nos sentimos seguras. Hay situaciones laborales, sociales o familiares en las que necesitamos decidir cuidadosamente cuánto de nosotras queremos mostrar.


Desenmascararse no significa exponerse.


Significa recuperar la posibilidad de elegir, porque existe una diferencia enorme entre:

“Tengo que hacer esto para que me acepten” y “Elijo hacer esto porque es lo que necesito o quiero hacer en esta situación”.

Quizás disminuir el masking tenga menos que ver con quitarse todas las máscaras y más con descubrir cuáles ya no necesitamos y ese descubrimiento puede comenzar de maneras muy pequeñas.


1. Haz un mapa de las cosas que escondes


A veces no sabemos que estamos haciendo masking porque llevamos tantos años haciéndolo que hemos confundido adaptación con personalidad. Por eso, el primer ejercicio no consiste en cambiar, consiste en mirar.

Durante algunos días, después de una situación social, escribe:

¿Qué hice?

¿Qué estaba intentando evitar?

¿Qué habría hecho si no hubiera tenido miedo de ser juzgada?

Tal vez descubras que:

Sonríes constantemente, ensayas mentalmente las conversaciones, piensas demasiado antes de responder. Te obligas a mantener contacto visual, copias expresiones faciales o controlas tus movimientos.

Te quedas en lugares demasiado ruidosos porque pedir salir te parece “exagerado”, nada de esto significa que estés haciendo algo mal, son estrategias que probablemente aprendiste por alguna razón y reconocerlas no implica juzgarlas. Implica comenzar a preguntarte:

¿Todavía las necesito?

2. Permítete una pequeña rareza


No hace falta comenzar con grandes actos de autenticidad, de hecho, puede ser mucho más amable comenzar con algo pequeño.

Una tarde en casa, una caminata, una conversación con alguien de confianza.

Un espacio donde nadie te esté evaluando y allí, prueba a no corregirte.

Si tus manos quieren moverse, déjalas moverse, si necesitas mirar hacia otro lado mientras hablas, hazlo.

Si quieres hablar durante veinte minutos sobre algo que te apasiona, permítetelo, si necesitas silencio, no llenes el silencio inmediatamente.

Si quieres utilizar ropa cómoda en lugar de ropa “bonita”, elige la cómoda, si necesitas estar sola después de socializar, no conviertas esa necesidad en una culpa.

Puede parecer insignificante, pero para una mujer que ha aprendido durante años a vigilar su comportamiento, permitir una pequeña espontaneidad puede sentirse profundamente diferente.

Porque por un momento no estás preguntándote:

“¿Cómo debería comportarme?”

Estás preguntándote:

“¿Qué me resulta natural?”


3. Ten un espacio donde no tengas que ser “agradable”


Muchas mujeres han aprendido que ser queridas implica ser agradables, disponibles, comprensivas, sonrientes, pacientes, fáciles de tratar.

Y para algunas mujeres autistas, esta exigencia puede convertirse en una forma particularmente agotadora de masking.

Por eso puede ser liberador crear un pequeño espacio donde no tengas que interpretar ese papel.

Puede ser tu habitación, una libreta, una caminata, un momento antes de dormir o una conversación con alguien que te conozca profundamente.

Durante ese tiempo, pregúntate:

¿Qué siento realmente?

No qué deberías sentir, no qué sería razonable sentir, no qué haría una persona “normal” en esa situación.

Tú.

¿Qué sientes?

Quizás estás enojada o estás cansada. Quizás no quieres ir, quizás esa persona te incomoda.

Quizás quieres hablar muchísimo, quizás no quieres hablar absolutamente nada. Tus emociones no necesitan ser socialmente convenientes para ser reales y aprender a reconocerlas antes de transformarlas en algo aceptable para los demás puede ser una forma importante de volver a ti.


4. Aprende a escuchar tu cuerpo antes de que grite


Muchas mujeres autistas han aprendido a ignorar señales corporales porque el mundo les enseñó que sus necesidades eran demasiado.

“Es solo un poco de ruido.” “Todos están cansados.” “Puedes aguantar.”

“No seas exagerada.” “Quédate un rato más.” “Después descansas.”

El problema es que el cuerpo tiene memoria y cuando pasamos demasiado tiempo ignorando pequeñas señales de incomodidad, podemos terminar descubriéndolas cuando ya se han convertido en agotamiento, irritabilidad, dolor, sobrecarga o necesidad urgente de escapar. Por eso, varias veces al día, haz una pausa, no necesitas meditar, solo detenerte.

Pregúntate:

¿Cómo está mi cuerpo?

¿Está tenso? ¿Estoy apretando la mandíbula? ¿Estoy agotada? ¿Tengo hambre?

¿Hay demasiado ruido? ¿La luz me molesta? ¿Necesito moverme?

¿Necesito quedarme quieta? ¿Necesito estar sola?

Y después viene una pregunta todavía más importante:

¿Puedo hacer algo pequeño para responder a esa necesidad?

Quizás bajar el volumen, salir cinco minutos, ponerte auriculares, cambiarte de ropa.

Comer algo, cancelar un plan, descansar, pedir ayuda.

No necesitas esperar hasta estar al límite para merecer descanso.


5. Escribe sobre la mujer que aparece cuando está segura


Esta quizá sea la actividad más íntima de todas.

Toma una hoja y escribe:

“Cuando me siento completamente segura, yo…” Y deja que aparezca lo que tenga que aparecer, quizás eres más ruidosa, más infantil, más seria, o eres más divertida, más silenciosa, más intensa. Incluso más cariñosa, más habladora, más distante.

Quizás haces movimientos que normalmente escondes, quizás hablas durante horas sobre tus intereses. Quizás necesitas dormir después de estar con personas, quizás te gusta estar completamente sola.

Quizás aparece una versión de ti que no habías visto en mucho tiempo. No intentes decidir si esa mujer es “la verdadera tú”. No necesitas encontrar una esencia perfecta escondida debajo del masking. Eres más complejas que eso, eres también tus adaptaciones, tus experiencias, tus estrategias, tus contradicciones.

Pero conocer cómo eres cuando te sientes segura puede mostrar algo importante:

qué necesita tu cuerpo para dejar de estar en alerta.


No tienes que quitarte la máscara delante de todo el mundo


Hay una idea peligrosa alrededor del desmasking: que ser auténtica significa mostrarlo todo.

No tienes que explicarle tu autismo a todo el mundo. No tienes que dejar de hacer contacto visual si no quieres. No tienes que hacer stimming en público si no te sientes segura. No tienes que contarle a alguien que estás sobrecargada. No tienes que convertir cada necesidad en una declaración. Tu privacidad también es tuya. Puedes tener estrategias, puedes elegir tus batallas, puedes protegerte, puedes decidir con quién eres completamente tú.

El objetivo no es vivir sin máscaras, el objetivo es que puedas quitártelas cuando quieras.


Volver a casa


Disminuir el masking puede sentirse extraño, a veces incluso puede producir miedo, porque cuando llevamos mucho tiempo siendo aquello que los demás esperan, descubrir nuestros propios límites y deseos puede dejarnos frente a una pregunta difícil:

“Si dejo de hacer todo esto, ¿quién voy a ser?”

Tal vez no tengas que responderla todavía, puedes comenzar con algo más pequeño.

Puedes observar, probar y equivocarte, volver a ponerte la máscara cuando la necesites.

Puedes quitártela cuando estés segura, puedes descubrir una nueva forma de moverte por el mundo, una que no consista en elegir entre ser tú o pertenecer. Porque mereces pertenecer sin tener que desaparecer.

Y quizás eso sea, en el fondo, lo que significa disminuir el masking:

no convertirte en alguien diferente, sino comenzar, poco a poco, a dejar de abandonarte para que los demás puedan sentirse cómodos contigo.

 
 
 

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