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No necesito encajar; me elijo

Foto del escritor: Jesus Gomez Frye
Jesus Gomez Frye
13 sept
7 min de lectura

Cuando una mujer autista deja de vivir para cumplir las expectativas de los demás


Para muchas mujeres autistas, crecer significa aprender muy pronto que existe una manera “correcta” de comportarse. Una manera correcta de hablar, de mirar, de relacionarse, de vestirse, de expresar emociones y hasta de reaccionar frente a determinadas situaciones. El problema es que, con frecuencia, esa manera de estar en el mundo no coincide con su forma natural de procesar la realidad. Entonces comienza el aprendizaje de la adaptación.

Una niña puede observar cuidadosamente a sus compañeras para descubrir cómo iniciar una conversación, cuándo reír, qué temas son apropiados, cuánto contacto visual mantener o qué hacer cuando no comprende una interacción social. Puede aprender a imitar expresiones, tonos de voz y gestos. Puede memorizar frases para situaciones sociales y desarrollar una extraordinaria capacidad para analizar a los demás. Desde afuera, puede parecer que simplemente “se adapta muy bien”, pero esa aparente facilidad puede tener un costo enorme.

Porque cuando una mujer necesita pensar conscientemente en cada aspecto de una interacción que para otras personas parece espontánea, la vida cotidiana puede convertirse en un ejercicio permanente de observación, corrección y autocontrol. Y después de años haciéndolo, puede llegar a ser difícil distinguir entre quién es realmente y quién aprendió que debía ser para ser aceptada.


Aprender a encajar


El masking o enmascaramiento autista puede manifestarse de muchas maneras. No siempre es evidente y, especialmente en mujeres, puede pasar desapercibido durante años.

Una mujer puede haber aprendido a mantener contacto visual aunque le resulte incómodo. Puede controlar movimientos repetitivos porque alguna vez recibió burlas o críticas por ellos. Puede ensayar mentalmente conversaciones antes de tenerlas, estudiar las expresiones faciales de otras personas para interpretar sus emociones o modificar su manera de hablar para parecer más espontánea.

También puede aprender a decir que sí cuando realmente quiere decir que no. Puede aceptar invitaciones, aunque se encuentre agotada. Permanecer en lugares ruidosos porque siente que debería tolerarlos. Sonreír mientras experimenta una sobrecarga sensorial. Responder “estoy bien” porque explicar lo que realmente está ocurriendo parece demasiado complicado y muchas veces nadie se da cuenta, esta es una de las paradojas más importantes al hablar del autismo femenino: cuanto mejor aprende una mujer a ocultar sus dificultades, menos visibles pueden resultar sus necesidades.

La sociedad puede interpretar su esfuerzo como facilidad, pero facilidad y adaptación no son necesariamente lo mismo.



El cansancio de tener que demostrar que puede


Una mujer autista puede pasar gran parte de su vida intentando demostrar que puede hacer lo mismo que las demás personas. Puede esforzarse por desenvolverse socialmente, mantener un trabajo, cuidar de otras personas, responder mensajes, asistir a reuniones y mantener una apariencia de normalidad y puede hacerlo extraordinariamente bien.

El problema es que nadie debería necesitar agotar todos sus recursos para demostrar que es capaz. Cuando toda la energía está destinada a parecer funcional, queda muy poco espacio para simplemente vivir. Después de una jornada social puede necesitar horas de silencio. Después de una semana exigente puede experimentar una necesidad intensa de aislamiento y recuperación. Después de sostener durante mucho tiempo situaciones que le resultan difíciles, puede llegar a un punto de agotamiento profundo. Esto no significa que sea débil, antisocial o poco comprometida. Significa que la interacción con el entorno puede requerir una cantidad considerable de procesamiento cognitivo y sensorial, por eso, cuando una mujer autista dice que necesita descansar después de una situación que para otras personas parecía sencilla, su experiencia merece ser tomada en serio. No necesita demostrar cuánto le costó.


Cuando “ser agradable” se convierte en una obligación


Las mujeres reciben desde muy pequeñas mensajes relacionados con la amabilidad, la disponibilidad y la capacidad de cuidar a los demás. Se espera que sean comprensivas, que escuchen, que cedan, que mantengan la armonía y que eviten conflictos. Para una mujer autista, estas expectativas pueden adquirir una dimensión especialmente compleja. Si además ha aprendido que determinadas características de su personalidad generan rechazo, puede comenzar a regular constantemente su comportamiento para evitar incomodar.

Puede preguntarse:

“¿Hablé demasiado?”

“¿Fui demasiado directa?”

“¿Estuve demasiado seria?”

“¿Debería haber sonreído?”

“¿Habrá pensado que estaba enojada?”

“¿Por qué no respondí de la manera esperada?”

Este análisis puede continuar incluso después de que la interacción haya terminado. La conversación se repasa, se reconstruyen las palabras, se analizan las expresiones y se buscan posibles errores. Una situación que duró quince minutos puede ocupar horas de pensamiento. No porque la mujer quiera complicarse la vida, sino porque ha aprendido que equivocarse socialmente puede tener consecuencias. Ha aprendido que ser diferente puede significar quedar fuera.


El miedo a ser “demasiado”


Muchas mujeres autistas han recibido, explícita o implícitamente, el mensaje de que son demasiado.

Demasiado sensibles.

Demasiado intensas.

Demasiado directas.

Demasiado apasionadas.

Demasiado emocionales.

Demasiado silenciosas.

Demasiado interesadas en determinados temas.

Demasiado necesitadas de rutina.

Demasiado afectadas por los estímulos.

Y cuando una persona escucha durante años que es “demasiado”, puede comenzar a reducirse. Habla menos. Pregunta menos. Pide menos. Oculta aquello que le apasiona. Evita expresar incomodidad. Acepta situaciones que no desea. Aprende a ocupar menos espacio, pero una mujer no deja de ser valiosa por necesitar más descanso, mayor claridad, menos estímulos o una forma diferente de relacionarse. Su diferencia no constituye una falla moral.


No necesitar encajar no significa dejar de crecer


Elegirse a sí misma no significa que una mujer autista deba rechazar cualquier adaptación. La vida en sociedad implica aprender habilidades, negociar necesidades, desarrollar estrategias y comprender que otras personas también tienen límites y perspectivas diferentes.

La neuroafirmación no significa afirmar que cualquier conducta es adecuada simplemente porque forma parte de la neurodivergencia, la diferencia está en el propósito.

Una cosa es aprender una estrategia porque facilita la vida y permite relacionarse mejor, otra muy distinta es sentir que debe cambiar su personalidad para merecer aceptación.

Una cosa es aprender a comunicar una necesidad, otra es aprender a no tener necesidades.

El objetivo no debería ser fabricar una versión más aceptable de una mujer autista, debería ser ayudarla a construir una vida en la que pueda desenvolverse con mayor bienestar, autonomía y autenticidad.



Elegirse también significa reconocer las propias necesidades


Para una mujer que ha pasado años intentando encajar, identificar sus propias necesidades puede ser sorprendentemente difícil. Puede saber perfectamente qué necesitan los demás y, al mismo tiempo, desconocer qué necesita ella. Puede reconocer cuándo su pareja está cansada, cuándo un hijo necesita apoyo o cuándo una compañera está incómoda, pero no identificar que ella misma está llegando al límite.

Por eso, parte del proceso de autoconocimiento consiste en comenzar a observarse sin juzgarse.

¿Qué situaciones producen agotamiento?

¿Qué estímulos resultan difíciles de tolerar?

¿Cuánto tiempo necesita para recuperarse después de una actividad social?

¿Qué tipo de comunicación le resulta más clara?

¿Qué espacios le permiten sentirse tranquila?

¿Qué personas respetan sus límites?

¿Qué actividades le permiten experimentar bienestar?

¿Qué comportamientos realiza únicamente porque teme ser juzgada?

Estas preguntas pueden parecer sencillas, pero pueden abrir una puerta importante.

Porque no es posible elegirse si todavía no se sabe quién se es.


Decir “no” también puede ser una forma de autocuidado


Para algunas mujeres autistas, aprender a establecer límites puede ser especialmente desafiante. No necesariamente porque no sepan lo que quieren, sino porque pueden haber aprendido que expresar sus necesidades genera rechazo.

Decir “no puedo” puede provocar culpa.

Decir “no quiero” puede sentirse egoísta.

Decir “esto me incomoda” puede producir ansiedad.

Pero los límites no son una forma de agresión, son una manera de comunicar las condiciones necesarias para mantener una relación saludable consigo misma y con los demás.

Una mujer puede decir:

“Necesito descansar.” “Prefiero que me avises con anticipación.” “No me siento cómoda con eso.” “Necesito que me expliques exactamente qué esperas de mí.” “Hoy no tengo energía para socializar.” “No quiero hablar de este tema.”

Estas frases no necesitan veinte minutos de justificación, una necesidad no deja de ser válida porque otra persona no la experimente de la misma manera.

¿Quién queda cuando deja de intentar agradar?

Esta pregunta puede ser profundamente transformadora:

¿Quién es ella cuando deja de intentar ser lo que los demás esperan?

Quizás descubra que es mucho más tranquila de lo que pensaba. O que necesita menos relaciones, pero más profundas. Quizás descubra que disfruta de las rutinas, que determinados intereses siguen siendo importantes para ella o que necesita pasar tiempo sola.

Puede descubrir que no disfruta determinadas reuniones sociales, que prefiere conversaciones profundas antes que conversaciones superficiales, que necesita anticipación o que disfruta intensamente de aquello que ama.

Y quizás también descubra que algunas de las cosas que durante años consideró defectos eran simplemente características que necesitaban un entorno más compatible, no todo malestar es un problema interno, a veces existe una incompatibilidad entre la persona y el entorno, el reconocerlo puede cambiar completamente la manera de comprender la propia historia.


Una vida que no necesite ser explicada constantemente


Elegirse no significa construir una vida perfecta, significa construir una vida que tenga sentido para ella. Una vida donde descansar no sea considerado un fracaso. Donde decir que “no”, no implique sentirse culpable. Donde sus intereses puedan existir sin vergüenza. Donde pueda pedir claridad sin sentirse incompetente. Donde sus límites sean respetados.

Una vida donde pueda ser silenciosa sin que su silencio sea interpretado como rechazo, donde pueda hablar apasionadamente sin sentir que está ocupando demasiado espacio, donde pueda reconocer sus necesidades antes de llegar al agotamiento y sobre todo, una vida donde no tenga que pasar cada día demostrando que merece estar allí.

Porque una mujer autista no necesita convertirse en una versión más cómoda para los demás, no necesita borrar sus diferencias para ser valiosa, no necesita ser menos sensible, menos intensa, menos directa, menos apasionada o menos ella.

Necesita oportunidades para conocerse, herramientas para comprenderse, espacios donde pueda sentirse segura y relaciones en las que la reciprocidad no dependa de cuánto consiga ocultar.


No necesito encajar; me elijo


Quizás esta frase no sea una declaración de rebeldía contra el mundo, quizás sea algo mucho más íntimo.

Una decisión.

La decisión de dejar de medir el propio valor según la capacidad de cumplir expectativas ajenas.

La decisión de escuchar el cansancio antes de que se convierta en agotamiento, de respetar los límites, de dejar de llamar defecto a cada diferencia.

La decisión de comprender que pertenecer no debería exigir desaparecer, porque una mujer autista merece relaciones donde pueda respirar, espacios donde pueda existir.

Personas ante quienes no tenga que interpretar permanentemente un personaje, una vida que no esté construida alrededor de la pregunta:

“¿Cómo puedo hacer para que me acepten?”

Sino alrededor de otra mucho más poderosa:

“¿Qué necesito para poder vivir siendo yo?”

No todas las personas comprenderán, no todos los espacios serán adecuados, no todos los vínculos permanecerán y eso puede doler.

Pero aprender a elegirse también significa aceptar que no todo lugar donde una consigue entrar es un lugar donde realmente puede pertenecer. A veces, la verdadera libertad no consiste en aprender finalmente a encajar, consiste en comprender que nunca fue necesario hacerlo a cualquier precio.

No necesito encajar, me elijo.

Y desde ahí comienza una forma diferente de vivir: no una vida sin dificultades, sino una vida en la que ser diferente ya no significa estar equivocada.

 
 
 

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