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Autismo y suicidio: una realidad silenciada en mujeres

  • Foto del escritor: Jesus Gomez Frye
    Jesus Gomez Frye
  • 24 ene
  • 4 Min. de lectura

Hablar de suicidio sigue siendo incómodo. Hablar de suicidio en personas autistas, aún más. Y cuando se trata de mujeres autistas con diagnóstico tardío, el silencio suele ser casi absoluto. Sin embargo, la evidencia científica es clara: las personas autistas presentan un riesgo significativamente mayor de ideación suicida y suicidio consumado en comparación con la población general, y este riesgo se intensifica en mujeres y personas socializadas como mujeres, especialmente aquellas diagnosticadas en la adultez.


Este artículo busca abordar esta relación desde un enfoque científico, neuroafirmativo y profundamente humano, visibilizando los factores específicos que atraviesan a las mujeres autistas: el masking crónico, el agotamiento acumulado, la invalidez emocional y el impacto psicológico de crecer sin un marco que explique quiénes son.


Autismo y riesgo suicida: ¿qué dice la ciencia?


Diversos estudios poblacionales han mostrado cifras alarmantes. Las personas autistas tienen entre 3 y 9 veces más riesgo de morir por suicidio que la población no autista. En el caso de las mujeres autistas, este riesgo puede ser aún mayor, rompiendo el patrón general observado en la población neurotípica, donde los hombres presentan tasas más altas de suicidio consumado.

Además, la ideación suicida —pensamientos recurrentes sobre la muerte, el deseo de no existir o de desaparecer— es extremadamente frecuente en adultos autistas, incluso en ausencia de diagnósticos psiquiátricos comórbidos formales.

No se trata de que el autismo "cause" suicidio. El riesgo surge de la interacción entre vulnerabilidades neurológicas y un entorno social que no comprende, no adapta y, muchas veces, invalida.

 

El autismo femenino invisible


Durante décadas, los criterios diagnósticos del autismo se construyeron en base a muestras masculinas. Esto generó un sesgo profundo que dejó fuera a miles de niñas y mujeres cuyos rasgos no encajaban en el estereotipo clásico.

Muchas mujeres autistas:

  • Aprenden desde edades muy tempranas a imitar conductas sociales.

  • Desarrollan un masking sofisticado y constante.

  • Son percibidas como "tímidas", "sensibles", "perfeccionistas" o "ansiosas".

  • Reciben diagnósticos alternativos (ansiedad, depresión, trastornos de personalidad) sin que se aborde la raíz neurodivergente.

El resultado no es una adaptación saludable, sino una supervivencia a costa de sí mismas.


Diagnóstico tardío: crecer sin explicación


Recibir un diagnóstico de autismo en la adultez suele ser un punto de quiebre. Para muchas mujeres, no llega como una etiqueta, sino como una revelación tardía: "No estaba rota, estaba no comprendida".

Pero antes de ese momento, suele haber décadas de:

  • Autoexigencia extrema.

  • Sensación persistente de fracaso.

  • Historia de bullying, rechazo social o abuso.

  • Dificultades laborales crónicas.

  • Problemas vinculares marcados por la sobreentrega y la hipervigilancia.

Crecer sin saber que se es autista implica interpretar cada dificultad como un defecto personal. Esta narrativa interna erosiona profundamente la autoestima y aumenta el riesgo de desesperanza, un predictor central del suicidio.


Masking crónico y agotamiento existencial


El masking —ocultar rasgos autistas para encajar— no es una estrategia neutra. Es un esfuerzo cognitivo y emocional constante.

En mujeres autistas, el masking suele implicar:

  • Forzar contacto visual.

  • Regular de manera artificial el tono de voz y la expresión facial.

  • Reprimir stimming y necesidades sensoriales.

  • Analizar cada interacción social en tiempo real.

Este sobreesfuerzo sostenido conduce con frecuencia al burnout autista: un estado de agotamiento profundo, pérdida de habilidades, hipersensibilidad extrema y, en muchos casos, ideación suicida.

No se trata solo de cansancio. Es una fatiga existencial: la sensación de que vivir implica actuar permanentemente para ser aceptada.



Comorbilidades y errores de interpretación clínica


Muchas mujeres autistas que expresan ideación suicida han pasado previamente por múltiples consultas en salud mental. Sin embargo, sin un lente neurodivergente, sus síntomas suelen interpretarse de manera incompleta.

La depresión en mujeres autistas puede manifestarse como:

  • Aislamiento extremo.

  • Mutismo selectivo.

  • Disminución drástica de la energía social.

  • Aumento del shutdown.

Cuando estas señales no se comprenden dentro del autismo, el riesgo suicida puede subestimarse o tratarse de forma inadecuada.


Factores de riesgo específicos en mujeres autistas


Algunos factores que incrementan particularmente el riesgo de suicidio en mujeres autistas incluyen:

  • Diagnóstico tardío o ausencia de diagnóstico.

  • Masking prolongado sin espacios de autenticidad.

  • Historial de trauma interpersonal.

  • Invalidez emocional crónica.

  • Dificultades económicas y laborales.

  • Falta de redes de apoyo neuroafirmativas.

Es importante subrayar que estos factores no son intrínsecos al autismo, sino consecuencias de un entorno que no se adapta.


Factores protectores: lo que sí puede marcar la diferencia


La evidencia también muestra que el riesgo suicida puede disminuir significativamente cuando se generan condiciones adecuadas. Algunos factores protectores clave son:

  • Diagnóstico informado y psicoeducación neuroafirmativa.

  • Validación de la experiencia autista.

  • Reducción del masking y permiso para ser.

  • Acompañamiento terapéutico con enfoque en neurodiversidad.

  • Comunidad y sentido de pertenencia.


Nombrarse autista, para muchas mujeres, no es un límite: es una forma de supervivencia.

El alto riesgo de suicidio en mujeres autistas no es una consecuencia inevitable del autismo. Es el resultado de años —a veces décadas— de incomprensión, exigencias imposibles y silencios clínicos.


Hablar de autismo y suicidio no es alarmismo. Es prevención. Es justicia. Es cuidado.

Reconocer el autismo femenino, diagnosticar a tiempo y ofrecer apoyos reales puede literalmente salvar vidas. Porque no es la neurodivergencia lo que mata, sino la soledad de vivir en un mundo que insiste en no escuchar.

 
 
 
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