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Sobrepensar todo: cuando la mente no encuentra el botón de pausa

  • Foto del escritor: Jesus Gomez Frye
    Jesus Gomez Frye
  • hace 11 minutos
  • 8 min de lectura

Hay mujeres autistas que terminan el día agotadas sin haber realizado necesariamente un gran esfuerzo físico. Han trabajado, estudiado, cuidado de otras personas, atendido su hogar o simplemente atravesado una jornada aparentemente normal, pero sienten que necesitan desconectarse de todo porque llevan horas pensando. Repasan conversaciones que ocurrieron hace minutos, horas o incluso años; recuerdan exactamente qué dijeron, qué respondió la otra persona, qué expresión tenía su rostro o cuánto tiempo tardó en contestar. Se preguntan si hablaron demasiado, si fueron demasiado directas, si sonaron extrañas, si la otra persona se habrá molestado o si quizás interpretaron mal alguna señal. Un mensaje puede ser escrito, borrado y vuelto a escribir varias veces antes de enviarlo y, una vez enviado, comienza otra etapa: leerlo nuevamente, imaginar cómo será recibido y anticipar las posibles respuestas.

Cuando finalmente llega la noche y existe la posibilidad de descansar, la mente parece no haber recibido el mensaje de que el día terminó. Continúa trabajando, buscando explicaciones, reconstruyendo acontecimientos y anticipando escenarios futuros.

¿Y si...? ¿Por qué dijo eso? ¿Habré entendido bien? ¿Qué quiso decir realmente? ¿Y si hice algo mal? 

Para muchas mujeres autistas, sobrepensar no es simplemente una costumbre molesta ni una característica de personalidad. Puede ser una forma profundamente arraigada de intentar comprender un mundo que muchas veces no se presenta de manera clara, predecible o intuitiva.


Cuando comprender a los demás requiere un esfuerzo consciente


Existe una idea equivocada de que las personas autistas tienen dificultades para comprender las emociones de los demás o que carecen de empatía. La realidad es mucho más compleja. Una mujer autista puede ser extraordinariamente sensible a los estados emocionales de las personas que la rodean y, precisamente por eso, sentirse especialmente afectada cuando no logra comprender con certeza qué está ocurriendo. El desafío no siempre consiste en reconocer que alguien está triste, molesto o incómodo, sino en determinar por qué se encuentra así y si ella tiene alguna relación con lo que está sucediendo. Una pausa inusual, un cambio en el tono de voz, una respuesta más breve, una mirada diferente o un mensaje que parece ligeramente distinto de lo habitual pueden convertirse en información que necesita ser procesada. Mientras otra persona quizás interpreta esas señales de manera intuitiva y continúa con su día, una mujer autista puede comenzar a construir diferentes explicaciones: “¿Está enojada conmigo?”, “¿Dije algo que le molestó?”, “¿Le habrá parecido extraño lo que comenté?”, “¿Debería preguntarle?”, “¿Y si pregunto y termino haciendo que la situación sea peor?”.

Cuando no existe una respuesta definitiva, la mente puede producir otra hipótesis y después otra, intentando encontrar una explicación que permita cerrar la incertidumbre. Una conversación de treinta segundos puede terminar ocupando horas de pensamiento, no necesariamente porque haya ocurrido algo grave, sino porque existe una necesidad intensa de comprender aquello que quedó ambiguo.



Pensar demasiado también puede haber sido una forma de aprender a sobrevivir socialmente


Para muchas niñas autistas, las reglas sociales no siempre resultan evidentes. Pueden descubrir desde pequeñas que existen códigos que las demás personas parecen conocer de manera natural: cuándo hablar, cuándo guardar silencio, cuánto contacto visual establecer, qué temas son apropiados para una conversación, cuánto tiempo se puede hablar sobre un interés particular, cuándo una broma deja de ser divertida o cómo saber si alguien está siendo sincero. Cuando estas reglas no se comprenden de manera automática, una niña puede comenzar a observar a las demás personas para descubrir cómo funcionan. Mira cómo hablan sus compañeras, cómo reaccionan, cuándo se ríen, qué palabras utilizan y qué comportamientos parecen recibir aceptación. Poco a poco puede construir un verdadero manual interno de comportamiento social.

El problema es que ese manual requiere supervisión constante. Lo que para otras personas puede ocurrir de manera automática, para ella puede implicar una serie de decisiones conscientes: “¿Qué debería hacer ahora?”, “¿Esta es la respuesta correcta?”, “¿Estoy mirando demasiado?”, “¿Estoy hablando demasiado?”, “¿Debería sonreír?”, “¿Esto que quiero decir es apropiado?”.

Con los años, esta forma de procesar las interacciones puede convertirse en una vigilancia permanente de la propia conducta. La mujer no solamente participa de una conversación: también observa cómo está participando de ella. No solamente está viviendo una experiencia: simultáneamente está evaluando si la está viviendo “correctamente”. Y esa doble tarea puede ser profundamente agotadora.


Cuando la incertidumbre se vuelve difícil de tolerar


Otra pieza importante de esta experiencia puede estar relacionada con la necesidad de predictibilidad que algunas personas autistas experimentan. No todas las mujeres autistas tienen la misma relación con la incertidumbre, pero para algunas resulta especialmente tranquilizador saber qué va a ocurrir, cómo ocurrirá, cuánto durará y qué se espera de ellas. Cuando existe información insuficiente, la mente intenta completar los espacios vacíos. Si hay que acudir a un lugar nuevo, pueden aparecer preguntas como dónde está, cómo llegar, dónde estacionar, por qué puerta entrar, con quién hablar, qué podrían preguntar, cuánto tiempo permanecer allí y qué hacer si algo sale diferente de lo esperado. Si además hay otras personas involucradas, las variables aumentan considerablemente.

El problema es que la vida nunca puede ser completamente anticipada. Siempre existe la posibilidad de que alguien cambie de opinión, que una reunión se extienda, que una actividad sea modificada, que llegue un mensaje inesperado o que una conversación tome una dirección completamente distinta a la imaginada. Para una mente que ha invertido mucha energía en construir un escenario predecible, estos cambios pueden representar un esfuerzo adicional de procesamiento. Hay que volver a calcular, volver a interpretar y volver a encontrar una forma de organizar aquello que acaba de cambiar. Por eso, en ocasiones, lo que desde fuera parece una preocupación excesiva puede ser el resultado de un intento legítimo de encontrar estabilidad dentro de un entorno que constantemente introduce variables nuevas.



La paradoja de pensar para encontrar certeza


Una de las trampas más difíciles del sobrepensamiento es que suele comenzar con una intención completamente comprensible: “Si pienso lo suficiente, voy a encontrar la respuesta correcta.” El problema aparece cuando la pregunta no tiene una respuesta que pueda conocerse con certeza. Podemos preguntarnos durante horas qué quiso decir exactamente una persona, por qué tardó en responder, qué estará pensando de nosotros o qué podría ocurrir mañana, pero ninguna cantidad de análisis puede ofrecernos certeza absoluta sobre la mente de otra persona o sobre el futuro. Sin embargo, la sensación de incertidumbre puede resultar tan incómoda que la mente continúa intentando resolverla. Aparece una hipótesis, después otra, luego una posibilidad negativa y posteriormente una alternativa para evitarla.

El pensamiento parece estar avanzando, pero en realidad continúa dando vueltas alrededor del mismo punto. Pensar más no siempre significa comprender más. En ocasiones solamente significa permanecer más tiempo dentro de una pregunta que no tiene una respuesta disponible. Aprender a reconocer esta diferencia puede ser importante: existe un momento en que el análisis deja de ser una herramienta para resolver un problema y comienza a convertirse en una fuente adicional de agotamiento. No todo aquello que puede ser pensado necesita ser resuelto y no toda incertidumbre es una señal de que hemos olvidado algo importante.



Autismo, ansiedad y el cansancio de vivir dentro de la propia cabeza


También es importante recordar que el autismo y la ansiedad no son lo mismo, aunque pueden coexistir y potenciarse mutuamente. Una mujer autista puede analizar una situación porque necesita comprender una señal social ambigua, pero también puede experimentar ansiedad que transforme ese análisis en una cadena interminable de preocupaciones. Entonces el pensamiento deja de centrarse solamente en lo que está ocurriendo y comienza a recorrer todas las cosas que podrían salir mal. “¿Y si sucede esto?”, “¿y si no puedo manejarlo?”, “¿y si me equivoco?”, “¿y si decepciono a alguien?”.

Cuando ambos procesos se mezclan, puede aparecer una sensación de agotamiento difícil de explicar a quienes observan solamente la conducta externa. Una mujer puede estar sentada tranquilamente, trabajando frente a su computador, leyendo un libro o intentando dormir, mientras internamente mantiene múltiples conversaciones, escenarios y posibilidades abiertas al mismo tiempo. Desde fuera parece estar descansando; desde dentro, su mente continúa trabajando. Esta diferencia entre el esfuerzo visible y el esfuerzo interno es importante, porque muchas mujeres autistas han pasado años escuchando que “no hacen nada” o que “se preocupan por todo”, sin que las personas alrededor puedan ver cuánto procesamiento mental existe detrás de una jornada aparentemente normal.


No se trata de apagar una mente que también tiene fortalezas


Hablar de sobrepensamiento no debería convertirse en una invitación a eliminar una característica de la personalidad o del funcionamiento autista. Una mente que analiza profundamente también puede detectar patrones, encontrar conexiones, anticipar problemas, identificar detalles que otras personas pasan por alto, desarrollar conocimientos especializados y encontrar soluciones creativas. El análisis puede ser una herramienta extraordinariamente valiosa. El problema aparece cuando deja de estar disponible como herramienta y se convierte en una obligación. Cuando necesitamos revisar cada conversación, anticipar cada escenario, interpretar cada silencio y encontrar una explicación para cada comportamiento antes de sentirnos autorizadas a descansar, entonces el pensamiento comienza a cobrar un precio demasiado alto.

El objetivo no tiene por qué ser “pensar menos”, porque quizás eso ni siquiera sea posible ni deseable. Puede ser mucho más amable aprender a distinguir cuándo el pensamiento está ayudando y cuándo simplemente está intentando obtener una certeza que no existe. Una pregunta sencilla puede ayudar en esos momentos: “¿Tengo nueva información o estoy repitiendo el mismo pensamiento?”. Si después de veinte minutos seguimos intentando resolver exactamente la misma pregunta y no ha aparecido ningún dato nuevo, probablemente ya no estamos avanzando. También puede ser útil separar aquello que sabemos de aquello que estamos interpretando. “Respondió mi mensaje seis horas después” es un hecho. “Está molesta conmigo” es una interpretación. La segunda posibilidad puede ser cierta, pero también puede existir una enorme cantidad de explicaciones alternativas que desconocemos.



No todo pensamiento merece convertirse en una tarea


Quizás esta sea una de las ideas más importantes cuando hablamos del sobrepensamiento en mujeres autistas: tener un pensamiento no significa que debamos resolverlo. La mente produce hipótesis constantemente. Algunas son útiles, otras son recuerdos, otras son posibilidades, otras son miedos y muchas simplemente son pensamientos que aparecen y desaparecen. No todos necesitan una respuesta. No todos necesitan ser investigados. No todos necesitan convertirse en una nueva tarea mental.

Podemos reconocer: “Estoy pensando que hice algo mal”, sin concluir inmediatamente que efectivamente hicimos algo mal. Podemos decir: “Estoy preocupada por lo que podría ocurrir”, sin asumir que aquello que tememos necesariamente ocurrirá. Podemos notar: “Estoy intentando descubrir qué quiso decir esta persona”, y permitirnos responder: “No tengo suficiente información para saberlo”. Esto puede parecer pequeño, pero para una mente acostumbrada a buscar respuestas permanentemente puede representar una forma profunda de descanso.

Muchas mujeres autistas han pasado buena parte de su vida intentando descifrar un mundo que parecía tener reglas que todas las demás personas conocían, excepto ellas. Aprendieron observando, imitando, analizando, ensayando y corrigiéndose. Aprendieron a anticipar para sentirse preparadas y a revisar para asegurarse de no haber cometido un error. Algunas aprendieron incluso a desconfiar de su propia percepción porque durante años otras personas les dijeron que estaban exagerando, que eran demasiado sensibles o que estaban pensando demasiado.

Por eso necesitamos hablar del sobrepensamiento con mucha más ternura. Detrás de una mente que no consigue detenerse puede existir una niña que necesitaba entender, una adolescente que quería encajar, una mujer que quería evitar volver a ser herida o una persona que simplemente aprendió que estar alerta parecía más seguro que dejarse sorprender. Quizás la pregunta no debería ser solamente “¿Cómo hago para pensar menos?”, sino también “¿Qué está intentando proteger este pensamiento?”. A veces encontraremos una preocupación concreta que necesita atención. Otras veces descubriremos una antigua estrategia de supervivencia que continúa funcionando incluso cuando ya no es necesaria con la misma intensidad.

Y, poco a poco, podemos comenzar a enseñarle a nuestra mente algo diferente: que no necesitamos anticipar todas las posibilidades para estar seguras, que equivocarnos no significa que hayamos fracasado, que no todas las personas interpretarán nuestras acciones de la misma manera y que no tenemos la obligación de comprender completamente una situación antes de permitirnos descansar.


No deberías ser detective de tus pensamientos


Una mujer autista no debería tener que convertirse en detective de sí misma para sentirse aceptada. No debería necesitar analizar cada gesto, cada silencio, cada mensaje y cada conversación para demostrar que merece estar allí. Después de tantos años intentando comprender el mundo, quizás también sea necesario aprender a permitir que el mundo sea, algunas veces, incompleto e incierto.

No todo necesita ser interpretado. No todo necesita ser anticipado. No todo necesita una explicación.Y, sobre todo, no todo pensamiento necesita convertirse en una tarea.

A veces, descansar significa simplemente dejar una pregunta sin responder y confiar en que, si mañana aparece nueva información, podremos ocuparnos de ella entonces.

Porque una mente que ha pasado tantos años intentando protegernos también merece, de vez en cuando, saber que puede bajar la guardia.

 
 
 

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